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    Marco Felix marcofelix1@gmail.com
    Mar 9 (7 days ago)

    to me
    Ni siquiera habian acabado de comer la torta cuando por un afan del destino nos descubrieron y se dieron cuenta de que habíamos aterrizado en la boda en calidad de “paracaidistas”.

    Al notar de que nos estabamos diviertiendo mucho mejor que los verdaderos convidados , los novios decidieron tomar cartas en el asunto, abrieron las puertas de par en par y a gritos conminaron a los padrinos y al maestro de ceremonias a que obliguen a los musicos y a los invitados oficiales a que nos apedreen publicamente y nos corran a palos hasta las afueras de la ciudad y de yapa nos den un tremendo vapuleo y a manera de escarmiento nos azoten las nalgas con hojas de itapallu para que nunca mas volvamos a tener la osadia de colarnos a una fiesta sin ser invitados.

    Antes que nos cojan las huestes de convidados, salimos del evento casantorio echando chispas y pies para que te quiero corrimos tan raudos como una brisa, sin pisar los adoquines durmientes de las angostas callejuelas en un estado de levitacion apresurada con rumbo desconocido y cuando al final nos detuvimos de esa fuga sin parangon ya estabamos muy cerca del limite de la ciudad, paramos la marcha a punto de desfallecer, nos sentamos en el borde del camino aquejados por una taquicardia de antologia y poco a poco con la ayuda de unos cigarrillos sin filtro recuperamos el aliento y al darnos cuenta de que los perseguidores no pudieron atrapar ni siquiera la siluetas de nuestras sombras nos cagamos de la risa contando los pormenores de semejante escapatoria, pero cuando desvanecio el eco de nuestras carcajadas nos dimos cuenta de nuestra triste realidad.

    Ya era casi la media noche en la villa imperial, a pesar de que era sabado, la ciudad estaba tan silenciosa que hasta se podian oir las pisadas furtivas de los gatos noctambulos cuando estos saltaban por los tejados en busca de grescas felinas o de amantes con soltura dispuestas a copular, no podiamos entender ese silencio cronico.

    Pese a la oscuridad, la noche estaba muda, totalmente ausente de los ruidos escandalosos que son caracteristica inconfundible y materia prima de las bullangueras noches sabatinas, ese silencio sepulcral no era otra cosa que una conspiracion en contra de nuestro derecho a la diversion, razonaban unos o quiza sea simplemente una temporal trastada del destino especulaban otros, pero sea cual fuesa la razon de ese silencio sepulcral , clarito estaba que nos estaba dejando el tren de la joda por lo que nos nos quedaba otra que contemplar la idea de terminar la francachela a medio gas y con la “tripa abierta’, tal alternativa angustiante, nos causaba un panico terrible y nos sumia en un estado de abatimiento total , el unico remedio que se sepa para aliviar semejante agobio era el ubicar sobre la marcha otro guateque o en su caso un local de “remate” para despedir a la noche como dios mandaba.

    Para el colmo, en esos postreros instantes la cómplice noche se debatía entre morir en paz o soportar la constante agonía de prolongarse hasta los principios de los amaneceres para que los príncipes de la joda y el escándalo continúen con la parranda.

    Lamentablemente, la noble compañera fiel y mustia alcahueta de nuestras calaveradas nocturnales finalmente acababa de sucumbir ante la evidencia del advenimiento de un nuevo día y las pruebas irrefutables de su partida fueron los primeros rayos de sol que empezaron a desmontarse como una cofradía de aguafiestas desde las serranías del cerro mayor y el alboroto ensordecedor que armaban los gallos trasnochados con esos cantos bucólicos que en ves de anunciar nuevas alboradas presagiaban días lúgubres por venir.

    Casi siempre al filo de la madrugada , cansados y maltrechos, desafiando las ventoleras y las brutales brisas del amanecer nos apersonábamos a cualquier cantina abierta para continuar con la merendola y la farra inconclusa .

    Para rematar como se debía, siempre lo hacíamos con la ayuda de unos cortafríos y unas chelas al ambiente y para no derrochar energías durante la deportiva ceremonia de doblar el codo permanecíamos inmóviles como monolitos muertos de frio, apoltronados en las sillas endebles y vetustas de los locales de dispendio, esperando que se disipe la oscuridad y se amainen los soplidos del viento matinal y una ves que despuntaba el día, salíamos de esas madrigueras oscuras como salen las viscachas, con los ojos rojos, frotándonos las manos y con el aliento casi congelado a perseguir a los rayos escurridizos del Intiraymi.

    Llegábamos a esos timbiriches protegidos por la penumbra y la circunspección de la madrugada en un estado de total improperio, muchas de las veces en contra de nuestra voluntad, arrastrados como por imanes por los olores y por los sabores, por los ruidos de los ruidos y por los ecos de las músicas propias del desmadre que emanaban desde las entrañas de los boliches y sin embargo, otras veces por causas y azares desconocidos terminábamos la bullanga bajo el manto de los cipreses y la túnica entumecida de los arboles de pino de alguna plazoleta anónima con la guitarra en la mano esperando febrilmente que nos pesque la madrugada.

    En esas horas solitarias, las opciones para continuar con la jarana no eran muchas, pero un destino siempre preferido era de llegar a lo de la Isica a como de lugar. La Isica era un timbiriche de profundo raigambre ubicado en las cercanías de la calle cívica donde servían cerveza al hielo y sobre todo un fricase que al decir los sibaritas era como para chuparse los dedos, el fricase era cocinado a fuego lento en una conchas de leña con unos inmensos trozos de carne de chancho, con maíz pelado y tunta y muchos otros ingredientes nativos y cuando los servían en esos platos de porcelana china daban la impression de que los alimentos nadaban en un jugo de especias y ajies machos mas rojos que los vinos de las curias.

    Otras veces, el destino eran los santos aposentos del bar de “la mamacita” cuyas sus coordenadas geográficas la ubicaban al final de la calle la paz, muy cerca del arco de San Roque y a unas simples cuadras de los lenocinios circunvalantes al cementerio de la ciudad.

    Uno llegaba a este boliche a degustar de las laguas y de las llallaguas que pese a las tempraneras horas se servían en este local y si por razones sin razón el epilogo de la parranda nos encontraba por los alrededores de la universidad, cerca de la cuadra de los cocanis en inmediaciones de la calle Oruro para ser más especifico, entonces nos convidábamos al bar más antiguo de la ciudad, al mismo que según contaba Don Segundino , su dueño y locatario , que una vez enterados de la existencia de un “barquito” a la deriva en la mediterraneidad de Potosi, llegaron desde Mejillones, en el sur de Chile una comitiva oficial compuesta de marineros y almirantes de fragata a obsequiarle un timón de madera, - el mismo que hoy está expuesto muy orgullosamente detrás de la barra de la cantina - seguramente le regalaron el timón porque pensaron que era inconcebible un “barquito” sin timón, pero lo que desconocía la generosa comitiva era que en realidad el bar se llamaba “Bar Quito” en honor a la capital del hermano país del Ecuador.

    Una característica única de esta cantina, fue que su propietario aparte de hacer emborrachar a su clientela tenía el propósito de inculcar valores positivos y altruistas por lo que recopilaba, pensamientos, máximas y frases de los sabios y filósofos y los escribía en las paredes o las garabateaba en cartulinas que pegaba en las paredes del bar con la esperanza de que “con el trago” les entre también algo de cultura.

    Un estribillo que lo recuerdo muy bien, estaba escrito en la pared del baño, el que muy acertadamente decía: “En este humilde rincón, hasta el más macho se baja el pantalón”

    En el bar Quito, se servían los populares tragos conocidos como “te con te” y los ponches que en su forma más primaria es un combinado de agua hervida de canela con singani muy efectivos para cortar el frío.

    Otras veces , dependiendo de la posición geográfica del jaleo, al tiempo de recogernos nos asomábamos a las mazmorras oscuras del bar el “Mocko Teniente “ ubicado en las extremaduras de la calle chayanta. Este bar, es el equivalente potosino a los “cementerios de elefantes”, esos tugurios que pueblan las villas miserias de la metrópoli de La Paz.

    Los parroquianos que habitaban esta especie de boliche del medioevo bebían bajo un anonimato total, con las cabezas gachas sin musitar ni una sola palabra, bebían así, amparados por el silencio y la oscuridad casi total de las lúgubres paredes de ese antro que más parecía un escondrijo de almas en pena que un bar de apacible barrio, era sin embargo muy especial, porque era un bar 100 por ciento para rematar y cuyas puertas se abrían a partir de las 2 de la mañana.

    Si el fandango terminaba cerca de los vecindarios polvorientos de los rancho guitarras, allí donde el diablo perdió el poncho, entonces sin cavilar nos dirigíamos al bar de la “Cortina Rosada” a tomar cócteles en jarras de plástico, cuyo dueño don Tito, un eximio guitarrista invitaba como aperitivo un magnifico k’allu de tomates, locotos y cebollas tan picantes que hasta a los muertos hacia reaccionar.

    Si nada alentador se pintaba en el panorama, ya casi como último remedio, terminábamos acurrucados en las mesas verdes de la “sede de los chóferes” que a la sazón estaba ubicada al voltear la esquina del bar el quijote en las inmediaciones de la plazuela 15 de mayo, acullicando coca y bebiendo tragos eleborados en base a sultana para seguir con la curtidera.

    Otras veces, cuando estaba claro que las musas báquicas nos abandonaban a nuestra triste suerte, concluíamos la travesía en alguna de las quintas de mala ralea que pululan los arrabales de la ciudad, uno de ellos era “El Rosedal”, un antro de bajo calibre donde servían singani a granel y chichas alteradas mal llamadas garapiñas, a modo de epitafio a la madrugada ya casi moribunda nos inmiscuíamos en sus salones que pese a su primaveral nombre eran huérfanas de plantas y flores con el único motivo de continuar con el guateque.

    En esta chicheria, así como en la “quivinchena “ y tantas otras “quintas”, los locatarios hacían pintar en las paredes tréboles de cuatro hojas , madreselvas con hojas trepadoras y unas enredaderas de lirios arbustivos, sin faltar las palmeras tropicales rebalsando de cocos y de mangos maduros, lo hacían para darle un toque de ambiente caribeño a sus frígidos locales y de yapa en los cielos falsos hacían dibujar nubes de colores, con golondrinas y papagayos a medio vuelo y miles de mariposas en cinta, vaya a saber uno si para despistar a la noche y pretender hacer creer a los clientes que todavía era de día y que estaban bebiendo en Cochabamba o los Yungas.

    Para recrear la temperatura de los valles y combatir el frio paralizante, ponían en un brasero a hervir una lata llena de hojas de eucalipto para que sus vapores aromaticen el ambiente y al mismo tiempo inciten a la clientela a perder la inhibición y lanzarse a la pista de baile a mover el esqueleto con los ritmos de las cumbias y acordes de los vallenatos que salían de los parlantes empotrados en los farallones del patio, pero quizá lo mejor de todo, era que las meseras eran verdaderas cholitas que los dueños traían desde los valles aledaños.

    “El Rosedal”, era primariamente frecuentado por las trabajadoras domesticas y sus consortes, por los cholos de los barrios de la circunvalación y en los días de pago, se atiborraba de mineros y palliris de pailaviri que bajaban en masa formando una procesión a pignorar sus salarios en menos de que cante un gallo y durante los feriados patrios, el local rebalsaba de generales y capitanes, de sargentos y conscriptos mostrencos del cuartel militar que tenían sus barracas a la vuelta de la esquina, como muy bien se dice “a un tiro de piedra”.

    Yo, como muchos, tuve mis esporádicos encuentros amantorios con una de estas lindas cholitas , una buena moza de ojos medio verdes y una cinturita de avispa que había venido desde Villavecia, según me contaba a estudiar corte y confección, Julia se llamaba y para pagar la matrícula de su instituto, según ella, trabajaba de moza de lunes a jueves, porque de viernes a domingo se hacía “chinka”, se desaparecía del panorama porque de seguro la muy bandida se iba a bailar en una de las Mayos, a la 15 o la 25 y para cerrar la fiesta con broche de oro seguro se hacía arrastrar hasta los extramuros con un algún cooperativista de San Benito.

    Muchos años después, regrese a la villa en calidad de turista, me asome a indagar por su paradero y no la encontré porque la Julia se había mudado para la ciudad de El Alto y según me dijeron; que para curarse del amartelo y de su mal de amores, decidió volverse cachiscanista y me entere que así se gana la vida como luchadora invicta bajo el seudónimo de la Cándida Eréndira.

    Es la mismísima verdad que acudíamos a esos bares de mala muerte, lo hacíamos porque no teníamos otra solución y porque éramos adictos a la joda y amábamos el desbarajuste y en resumidas cuentas lo hacíamos porque nos importaba un carajo del que dirán de las malas lenguas, de esas pitonisas de mal agüero que afirmaban que a esos antros solo iban a libar los que ya no tenían remedio.

    En fin, si la jarana terminaba por razones de fuerza mayor como cuando en las épocas de las dictaduras donde los milicos imponían los estados de sitio y decretaban la ley seca, entonces había que hacer de tripas corazón y darle a la caminata rogando a los santos que no te quedes dormido en alguna esquina de la villa, porque a esas horas olvidadas de la mano de dios, rondaban los cacos, los pandilleros y los amigos de lo ajeno que hasta te podían robar los zapatos, a mí me paso una vez que me quede dormido frente al comedor universitario, pero los rateros - que por cierto llevaban antifaces - solo pudieron hacerse con el zapato izquierdo, pero se vea como se lo vea, había que recogerse y punto.

    ¿Y qué se podría decir del día siguiente? Como se podía recuperar del estado flatulento y casi comatoso en el que uno se encontraba, postrado en la cama, asustado como un fantasma ante la inminente visita del doctor delirium tremens, con espasmos y convulsiones violentas y aquejado por calambres de epiléptico, temblando como una hoja de calamina por los efectos del síndrome de hiperacusia y para el colmo sin control de las ventosas que despedían gases como burbujas llenas de vapores con olor a peste y como si fuera poco, ni las compresas de aire frio envueltas en la frente ni las cataplasmas, ni los sueros, ni los supositorios podían aminorar los efectos de la fiebre de casi 50 grados de calentura causada por los microbios de las nauseas contagiadas.

    Muchos, los sin experiencia, trataban de reponerse de la manera más provinciana posible, bebiendo una limonada a medio hervir, meneada con un poco de azúcar prieta y espolvoreada con moléculas de alikal o alkaseltzer, confiando con fe ciega en la falacia de sus propagandas que decían que esos remedios eran un antídoto eficaz para los efectos de las borracheras, de modo que, bebían esos líquidos burbujeantes a manera de transfusiones depurativas para que expulsen los malestares de la resaca.

    Si no contaban con esos remedios extranjeros, mandaban a la empleada o a la hermana menor a la botica de la esquina a comprar una media docena de mejorales y desenfriolitos para aliviar la calentura y disminuir los ataques repetitivos de cefaleas que causan esas jaquecas criminales que quieren desportillar la cabeza.

    En cambio, nosotros, los fiesteros de profesión, los PhD de la joda, optábamos por lo más natural y saludable, por el experimento comprobado y ratificado por décadas de experiencia que consistía en dirigirse al promediar las diez y media de la mañana hacia la salteñeria “el hornito”, (en la calle Linares frente al Bazar de los Pozos, que según las tertulias familiares, hace mucho tiempo casi toda la cuadra perteneció a los antecesores de este escribidor) a saciar el hambre tercermundista con las famosas saltucas que por ser tan pequeñitas cabían tres en la mano y cuya costumbre socialmente aceptada era comer seis y pagar solo de cuatro.

    Luego de ese protocolar gastro-culinario acto, la coyuntura requería merodear los alrededores de la plaza del regocijo o dar vueltas interminables por el viejo bulevar hasta toparse con algún poseedor de las cinco palabras mas importante del idioma castellano “hay que curar el chaqui”.

    Por los alrededores del casco viejo de la ciudad existen un montón de bares y restaurantes donde uno podía aplacar los efectos de la resaca, pero dos locales tienen preponderancia debido a la ubicación estratégica de sus predios.

    El club Internacional, que de international no tiene nada, ubicado en plena plaza principal, de muy fácil acceso si es que uno es “socio del club”, de lo contrario uno debe ser “invitado” por algún miembro para poder ingresar y sentarse en esos sillones de cuero del año de la corneta a degustar de los “tapados” tales como el San Pedro y los Majuelos y alguna que otra botella empolvada de Whisky o vino Argentino que solo se libaba durante la celebración de la caída del dictador de turno o a la muerte de un obispo, porque por esos tiempos, esos licores embotellados y con corcho eran tragos que solo podían beber los platudos y los miembros de la rancia aristocracia potosina, pero después de tres tragos y una platica en el mingitorio se convertía nomas en un boliche común y silvestre donde se jugaba cacho y se hablaba huevadas como en cualquier otro antro de la villa.

    Unas cuadras mas arriba, en la esquina de las calles chuquisaca y padilla se encontraba el “Galey”, un clásico bar donde normalmente la clientela estaba compuesta por jueces y abogados que acudían al bar como si fuera la corte suprema, para seguramente escaparse de sus pleitos y demandas y porque ademas quedaba muy convenientemente ubicada cerca de los bufetes de los leguleyos.

    Muy afamado era este bar por sus espectaculares “pichelitas” y los deliciosos riñoncitos a la plancha, las pichelitas en cuestión eran una combinación preparada con jugo de limón y con singani a granel y meneadas con un poco de azúcar en unas jarritas de vidrio que el dueño, don Acuti Perez, agitaba de arriba para abajo y de izquierda a la derecha como una ánfora de lotería y con cuyos movimientos circulares generaba una especie de mini remolino en la barriga de la jarra y cuando escanciaba ese liquido en las copitas de vidrio tan pequeñitas que parecían dedales de los sastres , subía la espuma y dada la impresión de ser un fino pisco sour o un legendario champagne Frances.

    Otra característica de el “Galey” era que estaba regida por un estricto horario de atención que solo se alteraba durante el aniversario de la ciudad y cada 29 de febrero durante los años bisiestos. Abría sus portones el local a las 11 de la mañana y las cerraba puntualmente a las 3 de la tarde, ni un minuto mas ni un minuto menos, sin importar los berrinches y los ruegos de algunos clientes que querían literalmente beber como abogados “hasta perder el juicio y quedar botados en el suelo como expedientes”.

    A estas alturas, serian tal vez las 4.01 de la tarde, y la resaca permanente en vías de ser debidamente atendida porque era la hora propicia para hacer acto de presencia en los locales de Doña Laura (QEPD) , íbamos casi levitando como quien dice “patitas pa que te quiero” sin prestar atención a las miradas envidiosas y al murmullo de menos afortunados.

    Ni bien llegando al mercado artesanal, se empezaba a sentir en el aire casi congelado por el frio, los olores de los brazuelos de cordero, los aromas de los ajíes de gallina y las esencias de los fiambres que en complicidad con el soporífero perfume de los caldos de menudencias prometían entibiar la frígida tarde e impregnar la ciudad entera con los efluvios de esas comidas y bebidas sensacionales a tal punto que las exhalaciones de esas fragancias eran como un conjuro difícil de sacudirse, eran peor que un hechizo de bruja libertina que nos arrastraba involuntariamente como los imanes arrastran a los metales.

    Una vez empernados a las sillas del bar de Doña Laura, ubicado al final de la calle Sucre, muy cerca al regimiento y en frente del estadio deportivo capitán Rojas, no solamente nos dedicábamos a la tarea de acabar con los líquidos espirituosos sino también había que competir en el antiguo deporte del sapo o del tradicional cacho, lo que invariablemente conducía a “continuar ” pero solo y únicamente si alguien invocaba alguno de los axiomas de la trilogía sagrada de: “nos bajaremos” o el ritual de la “champinchada” o el obligatorio “salud al seco, hermano”.

    El peregrinaje a lo de doña Laura más o menos terminaba, dependiendo del tamaño del bolsillo, en promedio, alrededor de las 7 de la noche, está era la hora donde se empezaba la retirada a tientas, gateando y revolcándonos en charcos de orines y vómitos ajenos y turulatos continuábamos dándonos empellones contra los muros de las casas alineadas en ambos extremos de la serpenteante calle Sucre.

    Nos recogíamos a duras penas y simultáneamente despotricábamos a pulmón abierto en contra de los arquitectos coloniales por no haber prevenido con antelación que los individuos en este soberano estado de impedimento motriz necesitaban anchas avenidas para tambalear hasta llegar a su destino.

    La estrechez de la calle entre otros innombrables factores eran la causa por la cual en la mayoría de los casos el “acto de recogerse” terminaba a escasos metros del lugar de origen porque a unos pasos estaba el principio de lo que era quizás la manzana más peligrosa de la ciudad, cuyo origen y epicentro comenzaba en la esquina la de los libertadores (Boliviar y Sucre).

    Según cuentan, muy pocos habían logrado atravesar el boulevard de punta a punta sin antes haber caído fulminado ante los olores a canela y singani de camargo de los “calientitos” que se dispensaban a diestra y siniestra en la caldera del diablo, un local en el que si uno si no caía entonces resbalaba, o quedar aprisionado en uno de los establecimientos de la trifecta popular compuesta por la benemerita Unión Obrera y su primas hermanas, la sede los Fabriles y la Unificada, que aparte de ser bares de impecable raigambre eran como bibliotecas llenas de sabiduría y pertrechadas de leyendas inverosímiles hasta para los bebedores más consuetudinarios de la villa, eran ademas los tugurios sagrados donde se asociaban los obreros y los proletarios en casos de emergencia o en los festejos de las contiendas electorales.

    Todos estos insignes locales cohabitaban como uña y mugre muy cerca el uno del otro en el perímetro del vicio y la perdición, distribuidos en una equidistancia de cien pasos muy difícil de esquivar, eran como ríos imposibles de vadear, como un laberinto sin salida, eran literalmente los tentáculos del pulpo del infortunio con los que atrapaban en sus fueros internos a todo jaranero vagabundo sin rumbo ni destino a los que con cantos de sirena obligaban a beber la obligatoria ultima copa, la coloquial copa del estribo.

    Ahora, de como uno terminaba después del acto del recogimiento es harina de otro costal y tema de otro ensayo. Viscarra ya lo dijo antes, éramos antropólogos porque nos gustaban los antros.

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colarnos a una fiesta sin ser invitados.\n\nAntes que nos cojan las huestes de convidados, salimos del evento casantorio echando chispas y pies para que te quiero corrimos tan raudos como una brisa, sin pisar los adoquines durmientes de las angostas callejuelas en un estado de levitacion apresurada con rumbo desconocido y cuando al final nos detuvimos de esa fuga sin parangon ya estabamos muy cerca del limite de la ciudad, paramos la marcha a punto de desfallecer, nos sentamos en el borde del camino aquejados por una taquicardia de antologia y poco a poco con la ayuda de unos cigarrillos sin filtro recuperamos el aliento y al darnos cuenta de que los perseguidores no pudieron atrapar ni siquiera la siluetas de nuestras sombras nos cagamos de la risa contando los pormenores de semejante escapatoria, pero cuando desvanecio el eco de nuestras carcajadas nos dimos cuenta de nuestra triste realidad.\n\n Ya era casi la media noche en la villa imperial, a pesar de que era sabado, la ciudad estaba tan silenciosa que hasta se podian oir las pisadas furtivas de los gatos noctambulos cuando estos saltaban por los tejados en busca de grescas felinas o de amantes con soltura dispuestas a copular, no podiamos entender ese silencio cronico.\n\nPese a la oscuridad, la noche estaba muda, totalmente ausente de los ruidos escandalosos que son caracteristica inconfundible y materia prima de las bullangueras noches sabatinas, ese silencio sepulcral no era otra cosa que una conspiracion en contra de nuestro derecho a la diversion, razonaban unos o quiza sea simplemente una temporal trastada del destino especulaban otros, pero sea cual fuesa la razon de ese silencio sepulcral , clarito estaba que nos estaba dejando el tren de la joda por lo que nos nos quedaba otra que contemplar la idea de terminar la francachela a medio gas y con la \"tripa abierta', tal alternativa angustiante, nos causaba un panico terrible y nos sumia en un estado de abatimiento total , el unico remedio que se sepa para aliviar semejante agobio era el ubicar sobre la marcha otro guateque o en su caso un local de \"remate\" para despedir a la noche como dios mandaba.\n\nPara el colmo, en esos postreros instantes la cómplice noche se debatía entre morir en paz o soportar la constante agonía de prolongarse hasta los principios de los amaneceres para que los príncipes de la joda y el escándalo continúen con la parranda. \n\nLamentablemente, la noble compañera fiel y mustia alcahueta de nuestras calaveradas nocturnales finalmente acababa de sucumbir ante la evidencia del advenimiento de un nuevo día y las pruebas irrefutables de su partida fueron los primeros rayos de sol que empezaron a desmontarse como una cofradía de aguafiestas desde las serranías del cerro mayor y el alboroto ensordecedor que armaban los gallos trasnochados con esos cantos bucólicos que en ves de anunciar nuevas alboradas presagiaban días lúgubres por venir.\n\nCasi siempre al filo de la madrugada , cansados y maltrechos, desafiando las ventoleras y las brutales brisas del amanecer nos apersonábamos a cualquier cantina abierta para continuar con la merendola y la farra inconclusa .\n\nPara rematar como se debía, siempre lo hacíamos con la ayuda de unos cortafríos y unas chelas al ambiente y para no derrochar energías durante la deportiva ceremonia de doblar el codo permanecíamos inmóviles como monolitos muertos de frio, apoltronados en las sillas endebles y vetustas de los locales de dispendio, esperando que se disipe la oscuridad y se amainen los soplidos del viento matinal y una ves que despuntaba el día, salíamos de esas madrigueras oscuras como salen las viscachas, con los ojos rojos, frotándonos las manos y con el aliento casi congelado a perseguir a los rayos escurridizos del Intiraymi.\n\nLlegábamos a esos timbiriches protegidos por la penumbra y la circunspección de la madrugada en un estado de total improperio, muchas de las veces en contra de nuestra voluntad, arrastrados como por imanes por los olores y por los sabores, por los ruidos de los ruidos y por los ecos de las músicas propias del desmadre que emanaban desde las entrañas de los boliches y sin embargo, otras veces por causas y azares desconocidos terminábamos la bullanga bajo el manto de los cipreses y la túnica entumecida de los arboles de pino de alguna plazoleta anónima con la guitarra en la mano esperando febrilmente que nos pesque la madrugada.\n\nEn esas horas solitarias, las opciones para continuar con la jarana no eran muchas, pero un destino siempre preferido era de llegar a lo de la Isica a como de lugar. La Isica era un timbiriche de profundo raigambre ubicado en las cercanías de la calle cívica donde servían cerveza al hielo y sobre todo un fricase que al decir los sibaritas era como para chuparse los dedos, el fricase era cocinado a fuego lento en una conchas de leña con unos inmensos trozos de carne de chancho, con maíz pelado y tunta y muchos otros ingredientes nativos y cuando los servían en esos platos de porcelana china daban la impression de que los alimentos nadaban en un jugo de especias y ajies machos mas rojos que los vinos de las curias. \n\nOtras veces, el destino eran los santos aposentos del bar de \"la mamacita\" cuyas sus coordenadas geográficas la ubicaban al final de la calle la paz, muy cerca del arco de San Roque y a unas simples cuadras de los lenocinios circunvalantes al cementerio de la ciudad. \n\nUno llegaba a este boliche a degustar de las laguas y de las llallaguas que pese a las tempraneras horas se servían en este local y si por razones sin razón el epilogo de la parranda nos encontraba por los alrededores de la universidad, cerca de la cuadra de los cocanis en inmediaciones de la calle Oruro para ser más especifico, entonces nos convidábamos al bar más antiguo de la ciudad, al mismo que según contaba Don Segundino , su dueño y locatario , que una vez enterados de la existencia de un \"barquito\" a la deriva en la mediterraneidad de Potosi, llegaron desde Mejillones, en el sur de Chile una comitiva oficial compuesta de marineros y almirantes de fragata a obsequiarle un timón de madera, - el mismo que hoy está expuesto muy orgullosamente detrás de la barra de la cantina - seguramente le regalaron el timón porque pensaron que era inconcebible un \"barquito\" sin timón, pero lo que desconocía la generosa comitiva era que en realidad el bar se llamaba \"Bar Quito\" en honor a la capital del hermano país del Ecuador.\n\nUna característica única de esta cantina, fue que su propietario aparte de hacer emborrachar a su clientela tenía el propósito de inculcar valores positivos y altruistas por lo que recopilaba, pensamientos, máximas y frases de los sabios y filósofos y los escribía en las paredes o las garabateaba en cartulinas que pegaba en las paredes del bar con la esperanza de que \"con el trago\" les entre también algo de cultura. \n\nUn estribillo que lo recuerdo muy bien, estaba escrito en la pared del baño, el que muy acertadamente decía: “En este humilde rincón, hasta el más macho se baja el pantalón” \n\nEn el bar Quito, se servían los populares tragos conocidos como “te con te” y los ponches que en su forma más primaria es un combinado de agua hervida de canela con singani muy efectivos para cortar el frío. \n\nOtras veces , dependiendo de la posición geográfica del jaleo, al tiempo de recogernos nos asomábamos a las mazmorras oscuras del bar el “Mocko Teniente “ ubicado en las extremaduras de la calle chayanta. Este bar, es el equivalente potosino a los “cementerios de elefantes”, esos tugurios que pueblan las villas miserias de la metrópoli de La Paz. \n\nLos parroquianos que habitaban esta especie de boliche del medioevo bebían bajo un anonimato total, con las cabezas gachas sin musitar ni una sola palabra, bebían así, amparados por el silencio y la oscuridad casi total de las lúgubres paredes de ese antro que más parecía un escondrijo de almas en pena que un bar de apacible barrio, era sin embargo muy especial, porque era un bar 100 por ciento para rematar y cuyas puertas se abrían a partir de las 2 de la mañana. \n\nSi el fandango terminaba cerca de los vecindarios polvorientos de los rancho guitarras, allí donde el diablo perdió el poncho, entonces sin cavilar nos dirigíamos al bar de la “Cortina Rosada” a tomar cócteles en jarras de plástico, cuyo dueño don Tito, un eximio guitarrista invitaba como aperitivo un magnifico k’allu de tomates, locotos y cebollas tan picantes que hasta a los muertos hacia reaccionar. \n\nSi nada alentador se pintaba en el panorama, ya casi como último remedio, terminábamos acurrucados en las mesas verdes de la “sede de los chóferes” que a la sazón estaba ubicada al voltear la esquina del bar el quijote en las inmediaciones de la plazuela 15 de mayo, acullicando coca y bebiendo tragos eleborados en base a sultana para seguir con la curtidera. \n\nOtras veces, cuando estaba claro que las musas báquicas nos abandonaban a nuestra triste suerte, concluíamos la travesía en alguna de las quintas de mala ralea que pululan los arrabales de la ciudad, uno de ellos era “El Rosedal”, un antro de bajo calibre donde servían singani a granel y chichas alteradas mal llamadas garapiñas, a modo de epitafio a la madrugada ya casi moribunda nos inmiscuíamos en sus salones que pese a su primaveral nombre eran huérfanas de plantas y flores con el único motivo de continuar con el guateque.\n\nEn esta chicheria, así como en la \"quivinchena \" y tantas otras \"quintas\", los locatarios hacían pintar en las paredes tréboles de cuatro hojas , madreselvas con hojas trepadoras y unas enredaderas de lirios arbustivos, sin faltar las palmeras tropicales rebalsando de cocos y de mangos maduros, lo hacían para darle un toque de ambiente caribeño a sus frígidos locales y de yapa en los cielos falsos hacían dibujar nubes de colores, con golondrinas y papagayos a medio vuelo y miles de mariposas en cinta, vaya a saber uno si para despistar a la noche y pretender hacer creer a los clientes que todavía era de día y que estaban bebiendo en Cochabamba o los Yungas.\n\nPara recrear la temperatura de los valles y combatir el frio paralizante, ponían en un brasero a hervir una lata llena de hojas de eucalipto para que sus vapores aromaticen el ambiente y al mismo tiempo inciten a la clientela a perder la inhibición y lanzarse a la pista de baile a mover el esqueleto con los ritmos de las cumbias y acordes de los vallenatos que salían de los parlantes empotrados en los farallones del patio, pero quizá lo mejor de todo, era que las meseras eran verdaderas cholitas que los dueños traían desde los valles aledaños. \n\n\"El Rosedal\", era primariamente frecuentado por las trabajadoras domesticas y sus consortes, por los cholos de los barrios de la circunvalación y en los días de pago, se atiborraba de mineros y palliris de pailaviri que bajaban en masa formando una procesión a pignorar sus salarios en menos de que cante un gallo y durante los feriados patrios, el local rebalsaba de generales y capitanes, de sargentos y conscriptos mostrencos del cuartel militar que tenían sus barracas a la vuelta de la esquina, como muy bien se dice \"a un tiro de piedra\". \n\nYo, como muchos, tuve mis esporádicos encuentros amantorios con una de estas lindas cholitas , una buena moza de ojos medio verdes y una cinturita de avispa que había venido desde Villavecia, según me contaba a estudiar corte y confección, Julia se llamaba y para pagar la matrícula de su instituto, según ella, trabajaba de moza de lunes a jueves, porque de viernes a domingo se hacía “chinka”, se desaparecía del panorama porque de seguro la muy bandida se iba a bailar en una de las Mayos, a la 15 o la 25 y para cerrar la fiesta con broche de oro seguro se hacía arrastrar hasta los extramuros con un algún cooperativista de San Benito. \n\nMuchos años después, regrese a la villa en calidad de turista, me asome a indagar por su paradero y no la encontré porque la Julia se había mudado para la ciudad de El Alto y según me dijeron; que para curarse del amartelo y de su mal de amores, decidió volverse cachiscanista y me entere que así se gana la vida como luchadora invicta bajo el seudónimo de la Cándida Eréndira. \n\nEs la mismísima verdad que acudíamos a esos bares de mala muerte, lo hacíamos porque no teníamos otra solución y porque éramos adictos a la joda y amábamos el desbarajuste y en resumidas cuentas lo hacíamos porque nos importaba un carajo del que dirán de las malas lenguas, de esas pitonisas de mal agüero que afirmaban que a esos antros solo iban a libar los que ya no tenían remedio.\n\n En fin, si la jarana terminaba por razones de fuerza mayor como cuando en las épocas de las dictaduras donde los milicos imponían los estados de sitio y decretaban la ley seca, entonces había que hacer de tripas corazón y darle a la caminata rogando a los santos que no te quedes dormido en alguna esquina de la villa, porque a esas horas olvidadas de la mano de dios, rondaban los cacos, los pandilleros y los amigos de lo ajeno que hasta te podían robar los zapatos, a mí me paso una vez que me quede dormido frente al comedor universitario, pero los rateros - que por cierto llevaban antifaces - solo pudieron hacerse con el zapato izquierdo, pero se vea como se lo vea, había que recogerse y punto. \n\n¿Y qué se podría decir del día siguiente? Como se podía recuperar del estado flatulento y casi comatoso en el que uno se encontraba, postrado en la cama, asustado como un fantasma ante la inminente visita del doctor delirium tremens, con espasmos y convulsiones violentas y aquejado por calambres de epiléptico, temblando como una hoja de calamina por los efectos del síndrome de hiperacusia y para el colmo sin control de las ventosas que despedían gases como burbujas llenas de vapores con olor a peste y como si fuera poco, ni las compresas de aire frio envueltas en la frente ni las cataplasmas, ni los sueros, ni los supositorios podían aminorar los efectos de la fiebre de casi 50 grados de calentura causada por los microbios de las nauseas contagiadas. \n\nMuchos, los sin experiencia, trataban de reponerse de la manera más provinciana posible, bebiendo una limonada a medio hervir, meneada con un poco de azúcar prieta y espolvoreada con moléculas de alikal o alkaseltzer, confiando con fe ciega en la falacia de sus propagandas que decían que esos remedios eran un antídoto eficaz para los efectos de las borracheras, de modo que, bebían esos líquidos burbujeantes a manera de transfusiones depurativas para que expulsen los malestares de la resaca.\n\n Si no contaban con esos remedios extranjeros, mandaban a la empleada o a la hermana menor a la botica de la esquina a comprar una media docena de mejorales y desenfriolitos para aliviar la calentura y disminuir los ataques repetitivos de cefaleas que causan esas jaquecas criminales que quieren desportillar la cabeza. \n\nEn cambio, nosotros, los fiesteros de profesión, los PhD de la joda, optábamos por lo más natural y saludable, por el experimento comprobado y ratificado por décadas de experiencia que consistía en dirigirse al promediar las diez y media de la mañana hacia la salteñeria \"el hornito\", (en la calle Linares frente al Bazar de los Pozos, que según las tertulias familiares, hace mucho tiempo casi toda la cuadra perteneció a los antecesores de este escribidor) a saciar el hambre tercermundista con las famosas saltucas que por ser tan pequeñitas cabían tres en la mano y cuya costumbre socialmente aceptada era comer seis y pagar solo de cuatro. \n\nLuego de ese protocolar gastro-culinario acto, la coyuntura requería merodear los alrededores de la plaza del regocijo o dar vueltas interminables por el viejo bulevar hasta toparse con algún poseedor de las cinco palabras mas importante del idioma castellano \"hay que curar el chaqui\". \n\nPor los alrededores del casco viejo de la ciudad existen un montón de bares y restaurantes donde uno podía aplacar los efectos de la resaca, pero dos locales tienen preponderancia debido a la ubicación estratégica de sus predios.\n\nEl club Internacional, que de international no tiene nada, ubicado en plena plaza principal, de muy fácil acceso si es que uno es \"socio del club\", de lo contrario uno debe ser \"invitado\" por algún miembro para poder ingresar y sentarse en esos sillones de cuero del año de la corneta a degustar de los \"tapados\" tales como el San Pedro y los Majuelos y alguna que otra botella empolvada de Whisky o vino Argentino que solo se libaba durante la celebración de la caída del dictador de turno o a la muerte de un obispo, porque por esos tiempos, esos licores embotellados y con corcho eran tragos que solo podían beber los platudos y los miembros de la rancia aristocracia potosina, pero después de tres tragos y una platica en el mingitorio se convertía nomas en un boliche común y silvestre donde se jugaba cacho y se hablaba huevadas como en cualquier otro antro de la villa.\n\nUnas cuadras mas arriba, en la esquina de las calles chuquisaca y padilla se encontraba el \"Galey\", un clásico bar donde normalmente la clientela estaba compuesta por jueces y abogados que acudían al bar como si fuera la corte suprema, para seguramente escaparse de sus pleitos y demandas y porque ademas quedaba muy convenientemente ubicada cerca de los bufetes de los leguleyos.\n\nMuy afamado era este bar por sus espectaculares \"pichelitas\" y los deliciosos riñoncitos a la plancha, las pichelitas en cuestión eran una combinación preparada con jugo de limón y con singani a granel y meneadas con un poco de azúcar en unas jarritas de vidrio que el dueño, don Acuti Perez, agitaba de arriba para abajo y de izquierda a la derecha como una ánfora de lotería y con cuyos movimientos circulares generaba una especie de mini remolino en la barriga de la jarra y cuando escanciaba ese liquido en las copitas de vidrio tan pequeñitas que parecían dedales de los sastres , subía la espuma y dada la impresión de ser un fino pisco sour o un legendario champagne Frances.\n\nOtra característica de el \"Galey\" era que estaba regida por un estricto horario de atención que solo se alteraba durante el aniversario de la ciudad y cada 29 de febrero durante los años bisiestos. Abría sus portones el local a las 11 de la mañana y las cerraba puntualmente a las 3 de la tarde, ni un minuto mas ni un minuto menos, sin importar los berrinches y los ruegos de algunos clientes que querían literalmente beber como abogados \"hasta perder el juicio y quedar botados en el suelo como expedientes\".\n\nA estas alturas, serian tal vez las 4.01 de la tarde, y la resaca permanente en vías de ser debidamente atendida porque era la hora propicia para hacer acto de presencia en los locales de Doña Laura (QEPD) , íbamos casi levitando como quien dice \"patitas pa que te quiero\" sin prestar atención a las miradas envidiosas y al murmullo de menos afortunados. \n\nNi bien llegando al mercado artesanal, se empezaba a sentir en el aire casi congelado por el frio, los olores de los brazuelos de cordero, los aromas de los ajíes de gallina y las esencias de los fiambres que en complicidad con el soporífero perfume de los caldos de menudencias prometían entibiar la frígida tarde e impregnar la ciudad entera con los efluvios de esas comidas y bebidas sensacionales a tal punto que las exhalaciones de esas fragancias eran como un conjuro difícil de sacudirse, eran peor que un hechizo de bruja libertina que nos arrastraba involuntariamente como los imanes arrastran a los metales.\n\n Una vez empernados a las sillas del bar de Doña Laura, ubicado al final de la calle Sucre, muy cerca al regimiento y en frente del estadio deportivo capitán Rojas, no solamente nos dedicábamos a la tarea de acabar con los líquidos espirituosos sino también había que competir en el antiguo deporte del sapo o del tradicional cacho, lo que invariablemente conducía a “continuar ” pero solo y únicamente si alguien invocaba alguno de los axiomas de la trilogía sagrada de: “nos bajaremos” o el ritual de la “champinchada” o el obligatorio “salud al seco, hermano”.\n\n El peregrinaje a lo de doña Laura más o menos terminaba, dependiendo del tamaño del bolsillo, en promedio, alrededor de las 7 de la noche, está era la hora donde se empezaba la retirada a tientas, gateando y revolcándonos en charcos de orines y vómitos ajenos y turulatos continuábamos dándonos empellones contra los muros de las casas alineadas en ambos extremos de la serpenteante calle Sucre. \n \nNos recogíamos a duras penas y simultáneamente despotricábamos a pulmón abierto en contra de los arquitectos coloniales por no haber prevenido con antelación que los individuos en este soberano estado de impedimento motriz necesitaban anchas avenidas para tambalear hasta llegar a su destino.\n\n La estrechez de la calle entre otros innombrables factores eran la causa por la cual en la mayoría de los casos el “acto de recogerse” terminaba a escasos metros del lugar de origen porque a unos pasos estaba el principio de lo que era quizás la manzana más peligrosa de la ciudad, cuyo origen y epicentro comenzaba en la esquina la de los libertadores (Boliviar y Sucre). \n\nSegún cuentan, muy pocos habían logrado atravesar el boulevard de punta a punta sin antes haber caído fulminado ante los olores a canela y singani de camargo de los “calientitos” que se dispensaban a diestra y siniestra en la caldera del diablo, un local en el que si uno si no caía entonces resbalaba, o quedar aprisionado en uno de los establecimientos de la trifecta popular compuesta por la benemerita Unión Obrera y su primas hermanas, la sede los Fabriles y la Unificada, que aparte de ser bares de impecable raigambre eran como bibliotecas llenas de sabiduría y pertrechadas de leyendas inverosímiles hasta para los bebedores más consuetudinarios de la villa, eran ademas los tugurios sagrados donde se asociaban los obreros y los proletarios en casos de emergencia o en los festejos de las contiendas electorales. \n\nTodos estos insignes locales cohabitaban como uña y mugre muy cerca el uno del otro en el perímetro del vicio y la perdición, distribuidos en una equidistancia de cien pasos muy difícil de esquivar, eran como ríos imposibles de vadear, como un laberinto sin salida, eran literalmente los tentáculos del pulpo del infortunio con los que atrapaban en sus fueros internos a todo jaranero vagabundo sin rumbo ni destino a los que con cantos de sirena obligaban a beber la obligatoria ultima copa, la coloquial copa del estribo. \n\nAhora, de como uno terminaba después del acto del recogimiento es harina de otro costal y tema de otro ensayo. Viscarra ya lo dijo antes, éramos antropólogos porque nos gustaban los antros."}],"tree":{"_id":"754e9841c65e1a2d4b000011","name":"remate","publicUrl":"remate"}}